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miércoles, 3 de noviembre de 2021

Tres minutos

Eran las 20:26 cuando llegué a la parada de la Calle Ayala.

Me aproximé todo lo que pude al bordillo, pues la calle era bastante estrecha y los vehículos más grandes tendrían dificultad para pasar.   

Había dos personas esperando bajo el techo traslúcido. Aprecié cómo sus brazos se apretaban contra sendos costados, tratando de evitar que el frío se colase entre las fibras de su ropa.

Abrí la puerta en cuanto hube echado el freno de mano para que subieran.

La pasajera más joven dejó pasó al anciano, que subió los tres escalones con cierta dificultad.

Me pagó el billete y se acomodó en el primer asiento, justo a mis espaldas.

La chica subió después, pagó con su tarjeta de trasporte y se sentó tres filas más atrás.

Esperé, como era habitual, unos cuantos minutos más a que llegasen los rezagados. Sin embargo, parecía que aquel día no sería mucha la compañía que tendría durante el trayecto de vuelta a casa.

Esa parada sería la última del día antes de llegar a la estación principal, donde aparcaría el autobús y me iría a casa hasta la mañana siguiente.

Miré el reloj. Marcaba las 20:45.

Decidí dejar tres minutos más de cortesía. Aquel día no sentía mucha prisa por volver a casa, pues cenaría solo. Mi mujer y mi hijo estaban en la fiesta de cumpleaños de uno de mis sobrinos.

A las 20:47, viendo que nadie más iba a aparecer, cerré la puerta y emprendí la marcha.

Salí del pueblo y circulé por la calzada rural que habían decidido alumbrar hace poco. Las farolas, cargadas de luz solar, fueron encendiéndose, una a una, a mi paso.

“Buen invento”, pensé, “aunque de poco sirve si no alumbran al frente”.

Llegué al cruce y tomé la salida de la derecha en dirección a la ciudad.

“Dé usted las largas”, sugirió la voz ronca del anciano sentado tras de mí.

Realmente, no me había percatado de lo oscuro que estaba. Aquella noche sin luna parecía no sentir un atisbo de compasión hacia los que conducíamos a esas horas.

Le obedecí.

Tan solo escuchaba el ruido hosco del motor y los sonidos que profesaba el anciano, abriendo y cerrando la boca, pues, al parecer, tenía problemas con la dentadura.

El timbre de mi móvil rompió el silencio cuando me llegó un WhatsApp.

Aprovechando la tranquilidad de la carretera, decidí mirarlo rápidamente.

Era mi mujer, que me había mandado una foto de mi hijo con la nariz llena de nata.

Sonreí.

Cuando alcé la cabeza, divisé una estrecha silueta en el arcén, a unos diez metros de mi posición.

Me sorprendió y supuse que habría sufrido algún problema. Puse el intermitente y paré a escasos dos metros de ella.

Mis dos pasajeros murmuraban, preguntándose qué podría haber pasado. Sobre todo, teniendo en cuenta que era una mujer. Vestía un abrigo largo hasta los tobillos y un gorro de lana.

Me bajé y me dirigí hacia ella. El frío me caló los huesos.

— ¡Hola! —, saludé.

— ¿Tiene usted tres minutos? —inquirió clavándome unos grandes y suplicantes ojos verdes.

— ¿Le ha pasado algo, señorita?

— Mi hijo. Ha tropezado y se ha hecho daño en un tobillo. No puede caminar y pesa demasiado para mí… ¿Sería tan amable de acompañarme a buscarle?

— Por supuesto, cuente con ello.

Eché una ojeada al autobús. Los dos pasajeros miraban curiosos a través de los cristales de sus ventanas.

Les hice un gesto con la mano, indicándoles que volvería en seguida.

La mujer me guio. La maleza crujía bajo nuestros pies.

Enseguida divisé al hijo bajo un grupo pequeño de encinas, encogido sobre sí mismo.

— ¡Hola! —, saludé cuando me encontraba a unos pasos de distancia de él.

No me devolvió el saludo. Tampoco levantó la cabeza.

Solo pude apreciar cómo comenzaba a temblar.

Y sus espasmos eran cada vez más intensos.

— Señora, ¿su hijo está bien?

Ella se acercó corriendo a él y le rodeó con los brazos.

“Tranquilo”, musitaba.

Por un momento, sentí que se había olvidado de mi presencia, pues estaba tan absorta en consolarlo que nada parecía existir a su alrededor.

Entonces, el chico comenzó a proferir unos fuertes alaridos desgarradores, como si se tratase de un animal grande al que acabasen de acuchillar.

— ¡Señora! —, exclamé alarmado.

“Tranquilo, tranquilo…”, susurraba ella abrazándolo.

— Verá. No ha comido desde ayer… Está de muy mal humor… Ya sabe cómo son los niños.

La mujer alzó la mirada hasta mí por primera vez desde que habíamos llegado junto al crío. En ella denoté un ligero nerviosismo que me inquietó y puso mi cuerpo en estado de alarma.

— ¿Q-qué ha pasado? —¸ pregunté con voz entrecortada, sin mucha ilusión por saber la respuesta.

Diversos sonidos, provenientes de diferentes ubicaciones tras de mí, activaron todos mis sentidos.

Comencé a escuchar pasos. Machacaban las hojas secas.

Me giré bruscamente.

Cuatro figuras avanzaban hacia mi posición.

No me imaginaba de dónde habrían podido salir hasta que una quinta bajó de un salto de uno de los árboles y aterrizó a escasos centímetros de mí.

Pero, ¿qué clase de seres eran?

Eran muy altos, de casi dos metros. Además, estaban cubiertos de pies a cabeza por una especie de malla negra muy ceñida.

El que había bajado del árbol se aproximó tanto a mí que casi podía tocarlo con la punta de mi nariz.

Desprendía un olor a azufre tan fuerte que penetró mis fosas nasales y sentí que me inundó hasta el último rincón del cerebro.

Comencé a sentir los primeros síntomas de un venidero desvanecimiento, en forma de mareo.

El individuo, por denominarlo de alguna manera que permita ubicarlo en el mundo real, permanecía inmóvil, observándome erguido a escasos quince centímetros.

Aquellos compañeros suyos que ahora me rodeaban, le imitaban en actitud y sentía cómo me acechaban, sin inmutarse, sin dejarse distraer por cualquier otro estímulo que no procediese de mi cuerpo.

Los lobos habían acorralado al conejo y se limitaban a esperar el momento oportuno para arrojarse.

Entonces, el ser más cercano, hizo ademán de alzar su extremidad derecha, cuan larga y delgada era, y llevó sus dedos al extremo inferior del oscuro rostro. Aquellos dedos maltrechos que me recordaban a las finas ramas que encuentras por el bosque en una tarde de otoño.

Agarró el fino tejido que cubría su rostro y comenzó a tirar hacia arriba.

Un oscuro orificio que hacía las veces de boca, hizo aparición ante mis pávidos ojos. Dos hileras de dientes, afilados como agujas, resplandecieron en la oscuridad.

Alrededor de la comisura sin labios, la piel era pálida, rugosa y lánguida. Me produjo un rechazo instantáneo. La repugnancia más grande que jamás he sentido.

Con la vista aún fija en esos dientes, pude sentir la voz de la mujer que me había llevado hasta la que sabía que sería mi tumba.

“Perdóname”.

Giré temeroso mi mirada hacia ella. El niño entre sus brazos ya no temblaba. Ahora me observaba y al ver su rostro, sentí un escalofrío que me erizó el vello.

Un pequeño óvalo blanquecino, con dos ojos negros cargados de desesperación y una boca similar a la de mi ahora desenmascarado opresor, aunque más pequeña, parecía invitarme a su macabro aquelarre.

 

El anciano miró su reloj de muñeca. La inquietud se hacía física en su cuerpo mediante el tamborileo producido por su zapato sobre el suelo.

La chica no cesaba de mirar por la ventana, atusándose un mechón de pelo.

—Parece que ya viene—, dijo el anciano, aliviado.

Una figura emergió al borde del camino, deslizándose a paso lento en su dirección.

Cuando llegó a la puerta del autobús, la joven pasajera ya se había escondido en los asientos del final.

El anciano se acomodó en su asiento, como si esperase para darle la bienvenida a un viejo amigo.

The Chapter Hunter

miércoles, 2 de septiembre de 2020

La Casa del Relojero

El peso de todo el equipo que cargaba en la mochila hacía presión sobre mis hombros, provocándome una fatiga que iba en aumento a cada paso que avanzada.

Me estaba lamentando silenciosamente entre jadeos por tener una constitución tan débil cuando la aguda voz de mi hermana me distrajo.

—Falta poco. Aguanta, ¡ya mismo llegamos!

Ella, al contrario que yo, era más esbelta y su musculatura estaba más desarrollada que la mía, pues daba clases de Zumba y Body Combat en el gimnasio del pueblo.

Pero yo, profesor de música, prefería invertir mi tiempo libre en componer melodías a piano y pasar horas enteras deleitando mis oídos con los grandes clásicos sonoros del cine.

Sin embargo, a mi hermana y a mí nos unía una misma pasión: la atracción inminente hacia lo inexplicable, la búsqueda de aquello que la mayoría de la gente evitaba mencionar, la investigación de un mundo paralelo al nuestro, lo comúnmente conocido como paranormal.

Por tanto, de vez en cuando, nos juntábamos para visitar algún inhóspito rincón del mapa, con nuestras grabadoras, cámaras de vídeo y sensores de movimiento. Sabíamos que llegaría el día en que algo grande acontecería ante nuestros atónitos ojos, ansiosos por presenciar aquella verdad que rehuía de nosotros, pero en la que, no obstante, depositábamos nuestras más grandes esperanzas.

La enorme mansión se irguió ante nosotros como un pétreo gigante. Ahí estaba, tal como la habíamos visto anteriormente en aquella foto que Estela recibió por WhatsApp: majestuosa, colosal, impávida…

La casa del relojero nos daba la bienvenida.

A pesar de los 35 años que llevaba deshabitada, se mantenía en un perfecto estado. Observamos maravillados cómo la naturaleza se había ido abriendo paso por sus cimientos. La hiedra trepaba por sus muros, otorgándole un aspecto místico, así como la alta hierba cubría, casi en su totalidad, los amplios ventanales de la planta baja.

Cada detalle componía una obra de arte ante nuestros ojos.

A mi lado, Estela suspiró.

—Es más impresionante y hermosa de lo que imaginaba, Abraham.

Acto seguido, tomó su cámara y comenzó a fotografiar la fachada desde todos los ángulos posibles.

Yo eché un vistazo a la zona circundante. No había vecinos en varios kilómetros, tampoco terrenos de cultivo, fábricas ni ningún otro tipo de edificación. Estábamos solos en aquel imponente y sosegado lugar.

Envié la ubicación por WhatsApp a Marina, mi mujer, junto a un selfie que me hice frente a la casa.

Estela apareció por el costado izquierdo del edificio, habiendo bordeado y rastreado todo su perímetro.

—¿Entramos? —me preguntó colgándose la correa de la cámara al cuello.

Sonreí y le cedí el paso.

La puerta estaba entreabierta, así que no tuvimos problemas para acceder al interior.

Un amplio salón, que hacía las veces de recibidor, nos acogió nada más atravesar la entrada. Al fondo, una chimenea de ladrillo proporcionaba una pieza ornamental esencial para enaltecer el aire victoriano de la casa. Una gran mesa ovalada coronaba el centro de la estancia, aunque faltaban las sillas, y un par de altas estanterías donde descansaban varios tomos empolvados parecían hacer guardia a ambos lados de la chimenea. En el techo, una lámpara de araña pendía sobre nuestras cabezas, sin embargo, se mantenía bien firme y no parecía estar a punto de descolgarse.

Cruzamos despacio la habitación, escrutando cada detalle y tomando fotos.

Pasamos por la cocina, de la que únicamente quedaba un pequeño armario empotrado; el aseo, donde se mantenían unos oxidados lavabo y bañera; la despensa, con tres estantes vacíos…

Y nos dimos de bruces contra la entrada hacia el sótano.

—¡Es ahí donde debe estar el taller del relojero! —dijo Estela emocionada.

—Más bien, lo que queda de él —apunté.

Encendimos sendas linternas y comenzamos a descender por las escaleras. La madera crujía a nuestro paso y la barandilla era bastante inestable, así que decidimos que la mejor opción era avanzar despacio y pegados a la pared.

—¡Impresionante!

Muy en discordancia con nuestras experiencias previas en el campo de la investigación, aquella estancia permanecía prácticamente inalterada. La mesa, silla y herramientas con que antaño trabajase aquel artesano, continuaban en su lugar, impasibles. De las paredes pendían hojas llenas de dibujos, bocetos y esquemas. Sobre la mesa aún reposaba un lapicero atestado de lápices y carboncillos.

En el suelo, sobre una gran alfombra roja, había pilas de cajas de las que sobresalían piezas, engranajes y agujas.

Parecía que nadie hubiese bajado allí tras la muerte de su dueño.

Y eso era prácticamente imposible, pues la casa permanecía abierta y dejada de la mano de Dios, lo cual la convertía en un foco muy atractivo para cualquier amante de lo ajeno.

Cabe también destacar el hecho de que no habíamos visto pintadas ni grafitis en toda la vivienda, cosa que resultaba gratificante, pues no había escena más desagradable que adentrarse en las entrañas de un antiguo edificio y encontrar que su belleza ha sido mancillada de esa manera.

Comencé a tomar fotografías de todo. Estela sacó la grabadora y la colocó sobre la mesa.

Recorriendo la habitación, me percaté en que había una pequeña estantería en un rincón, sobre la que descansaban cuatro pequeños relojes de mesa y, sobre estos, colgado en la pared, uno más grande.

Cada uno marcaba una hora diferente, aunque muy próximas entre sí. Había unos cinco minutos de diferencia entre ellos. Como era lógico, estaban parados, seguramente desde hacía muchos años.

Con un movimiento casi automático, comprobé mi reloj de muñeca para ver si alguno coincidía con la hora actual.

—¡Estela! —, mi hermana se acercó. —¿Has visto esto?

Le señalé el grande y, después, el mío. Efectivamente, coincidía, estaba en hora.

—¿Funciona?

—No lo sé. No tiene segundero. Observémoslo para comprobar si avanza.

Continuamos con nuestro barrido fotográfico por la estancia mientras esperábamos.

Pasados unos minutos, echamos un nuevo vistazo y, sorprendentemente, las agujas se habían movido de acuerdo a la hora actual.

—¿Quién se encarga de mantenerlo activo?

—Quizás algún descendiente del relojero venga de vez en cuando. Desconocía que fuese una propiedad privada…

—No lo sé, Estela. De todas formas, nos quedaremos por aquí un rato más. Si viene alguien, ya hablaremos.

—De cualquier forma, me resulta extraño que solo cuide de un reloj. ¿Qué pasa con los más pequeños?

Me encogí de hombros. Realmente, yo me hacía la misma pregunta.

Invertimos casi dos horas haciendo experimentos. Grabamos intentando captar psicofonías y evidencias visuales, utilizamos el péndulo, probamos el tablero de ouija… Pero no obtuvimos nada.

El gran reloj dio las 19:30.

—Abraham, la hora coincide con la de uno de los relojes pequeños. Este de aquí —se acercó y lo cogió para analizarlo más cerca, —se quedó parado a las 19:30.

Un fuerte golpe en el piso superior nos hizo dar un brinco. Parecía un portazo.

—¿Habrá entrado alguien? —susurró Estela.

Me acerqué a la escalera.

—¿Hola? ¡Estamos abajo!

No hubo respuesta. Volví al centro de la habitación, junto a Estela.

Volvió a oírse una puerta, esta vez chirriaba, parecía estar abriéndose. A continuación, unas rápidas pisadas. Alguien corría arriba.

Nos quedamos petrificados.

Un grito agudo y desgarrador procedente de alguna habitación superior resonó en toda la casa.

Mi hermana y yo corrimos escaleras arriba. Alguien necesitaba ayuda.

Recorrimos todas las habitaciones, no encontramos indicios de que alguien hubiera pasado por allí. No había nadie.

Nos miramos sobrecogidos.

—¿Estabas grabando? —pregunté.

—Sí, la grabadora está encendida, abajo.

Volvimos al sótano sin mediar palabra. Si no había sido una persona, sin duda nos encontrábamos ante un fenómeno inédito. El primero de nuestra vida.

Mi pulso estaba acelerado, sin embargo, no sentía miedo. La adrenalina bullía dentro de mi cuerpo.

Nos mantuvimos quietos y en silencio.  

El gran reloj marcó las 19:35, la misma hora del segundo reloj pequeño.

De nuevo, golpes y ruidos arriba. Pasos. Un grito agudo.

Corrimos a la primera planta.

Un ruido seco surgió en el exterior, muy cerca de la casa. Sonó como si un gran bulto hubiese caído fuera, sobre la hierba.

Salimos. Nada.

—Dime que no estoy loca —me pidió Estela.

—Para nada, hermana.

Bajamos y esperamos a que llegase la hora del tercer reloj.

Cuando dieron las 19:40, nuevos pasos irrumpieron en nuestro silencio. Corrían. Alguien lloraba, una mujer, seguro. Estaba parada justo sobre nuestras cabezas, en el salón. La oíamos lamentarse. Comenzó a gritar como si alguien o algo se hubiese abalanzado sobre ella.

“¡POR FAVOR!”, gritó.

Silencio de nuevo.

Estela temblaba. Me había agarrado la mano con la mirada clavada en el techo.

¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quiénes eran las dueñas de aquellas voces? ¿De qué huían?

Esperamos hasta las 19:45, la hora del último reloj.

Las pisadas comenzaron a resonar en la distancia. Parecían provenir de la segunda planta. Oímos como bajaban las escaleras hasta la primera. Se situó justo encima de nosotros y alguien emitió un gritito ahogado. Comenzó a llorar. Los pasos se desplazaron de nuevo en dirección a las escaleras hacia el sótano.

¿Venía hacia nosotros?

El sonido de aquellos pies invisibles descendió por la escalera hasta nuestra habitación. No veíamos nada, solo escuchábamos sus rápidos pasos y un sutil jadeo. Perdimos su pista en una esquina del sótano, donde había un viejo aparador.

Estela y yo seguíamos aquel sonido con la mirada y el corazón desbordado.

Esperamos.

Un nuevo sonido de pisadas, más pausadas y rítmicas, atravesaron el salón sobre nuestro techo. Se dirigieron a las escaleras del sótano.

Por alguna extraña razón, aquel nuevo sonido nos inquietaba. Era diferente a los episodios anteriores.

Comenzó a bajar lentamente cada peldaño.

Una punzada en el pecho me indicó que estaba asustado. Estela se aferró fuertemente a mi brazo.

Nuestros ojos estaban fijos en las escaleras.

Las pisadas se acercaban.

Una gran sombra negra hizo entrada en la habitación. Una esbelta silueta de altura considerable y difuso contorno acompañaba aquellas pisadas.

Se desplazaba lentamente.

Venía hacia nosotros.

Estela se hincó de rodillas en el suelo, posiblemente le habían fallado las piernas.

Yo me agaché junto a ella.

Llegó hasta nosotros, pero no frenó, si no que nos atravesó y pasó al otro lado. Parecía no haberse percatado de nuestra presencia.

Se dirigió a aquel aparador donde habían cesado las otras pisadas.

Se detuvo frente a él.

Un nuevo grito hizo retumbar nuestros tímpanos.

La sombra se disipó instantáneamente.

Tragué saliva. Mi garganta estaba totalmente seca.

Mira a Estela, que seguía observando aquel rincón con cara de espanto. Me incorporé y la ayudé a levantarse.

Nos hallábamos frente a frente cuando su rostro palideció y se llevó las manos a la boca.

—¡Abraham! ¡La sombra! ¡La tienes encima!

Y, sencillamente, no sentí nada.

En mi mente solo había cabida para un solo pensamiento, una simple idea.

Tenía que agarrar el primer objeto que tuviera a mi alcance y matar a mi hermana.

Una calma inusual embriagaba mi cuerpo. Sentía que levitaba. Sonreí.

Di la espalda a Estela y cogí un martillo que yacía sobre la mesa. Estela gritaba. Pronunció algunas palabras que mi mente difusa no llegó a descifrar.

Trató de echar a correr, pero yo la detuve porque, de manera repentina, ahora era más veloz y me sentía más fuerte que nunca.

Ya no era débil.

Me invadía una euforia inexplicable.

Alcé el martillo y lo dejé caer sobre la cabeza de Estela.

Cuando su cuerpo inerte cayó al suelo, sentí unas ganas inmensas de exteriorizar aquella euforia.

Y ahora había un quinto reloj en la estantería.

Y reí.

Y mis estridentes carcajadas impregnaron los muros de la casa del relojero.

"17 de noviembre de 1985.

La tarde de ayer ha quedado señalada por los terribles acontecimientos ocurridos en el cortijo de Don Agustín Ayuso, conocido por sus famosos relojes artesanos. Los cadáveres de sus cuatro hijas han sido hallados en la casa. Las pruebas muestran que han sido brutalmente asesinadas. Ayuso se presentó en el cuartel de la guardia civil esta misma mañana, denunciando los hechos y declarándose único responsable de estos.

Sus palabras fueron, literalmente, “las quería, las quería a todas. Había algo conmigo. Perdí el juicio. Las he matado yo, pero él era la mente”.

The Chapter Hunter



 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 13 de agosto de 2020

Randonáutica: una Oda al Inmortal Respeto

 

Permítanme contarles la historia de un joven valiente cuyo ego despuntaba.

Mil lujos poseía y dos mil no valoraba. Todo vale nada para el corazón maleducado.

Sin embargo, un deseo inapropiado puede desbocar al hombre más sensato.

Y eso fue lo que deparó a nuestro protagonista, en una noche de verano…

 

Una ronda más de ron basta para nublar el juicio del más audaz caballero.

Su Iwatch indicaba que eran solo las 21:15 de un sábado de tentación.

“Randonáutica”, alguien citó. Al fin algo que al joven retaba.

Y allá que fue este gran hombre a probar aquella curiosa aplicación.

 

Embriagado por el deseo de a dos muchachas impresionar,

El gran hombre, a quien llamaremos Adrián, subió a su moto

Y deleitado por el jugo de su adrenalina, dejó hasta el casco atrás,

Emprendiendo esta aventura con nada más que el móvil y el carnet de identidad.

 

No fueron más de 10 minutos los que Adrián tardó en dejar atrás la ciudad.

Los altos edificios dieron paso a parajes de cultivo, hierba seca y rastrojos.

Las afueras de Málaga estaban en calma y absoluta soledad.

Miró el mapa en la pantalla. ¡Ya estaba cerca de aquel pequeño punto rojo!

 

Aparcó frente a la valla de una finca privada y no tardó en dar con la entrada.

Debía darse prisa y encontrar aquel lugar antes que la luna lo ocultase de lleno

¡Qué suerte! La puerta estaba abierta. ¡Algo grande le esperaba!

Avanzó con cautela entre las matas, tratando de no ensuciarse sus zapatillas de estreno.

 

No contó los pasos que avanzó, pero finalmente alcanzó su destino.

Nada llamó su atención salvo un agujero en la tierra cuya profundidad destacaba.

Habrían estado cavando, ¿por qué la tierra habían extraído?

Escrutó aquel hoyo con afán, pero nada extraño se apreciaba.

 

La desilusión hizo mella en sus ojos. ¡No había nada que una foto mereciera!

Golpeó una piedra que produjo un tosco sonido al aterrizar.

El curioso Adrián enfocó su mirada en el punto donde acababa de colisionar.

Una turbia silueta levitaba cual humo entre los árboles, como si le hiciese la espera.

 

¿Qué acababa de vislumbrar? ¿Acaso el alcohol había enterrado su razón?

 

Parpadeó y ahí seguía, con dos puntos amarillos cual ojos en su rostro difuso.

“¿Hola?”, inquirió un acobardado Adrián. Más no hubo respuesta que apaciguara su desazón.

Mareado y atormentado, el joven agarró una roca y se la lanzó confuso.

Pero ésta jamás llegó a su objetivo, pues sin razón aparente se esfumó.

 

Pareciendo haberse ofendido, aquel ser su escondite abandonó

Y sin vacilar, comenzó a avanzar lentamente hasta la posición de nuestro amigo Adrián.

Este, habiéndose mojado los pantalones, comenzó a gritar.

Mas nadie le oía en aquel deshabitado lugar, solo un viento que en respuesta sopló.

 

“¡Lo siento!”, gritó entre sollozos, “¡nunca quise molestar!”

Mas nada detenía el avance de aquella sombra, que ya distaba a pocos pasos de su posición.

Aquellos puntos amarillos comenzaron a incrementar.

Adrián quedó absorbido en una anómala nube de oscuridad.

 

Como hipnotizado, un pasó dio hacia atrás y cayó en el agujero.

Desde el fondo temblaba, esperando ver aquello pasar.

Mas fue otra cosa lo que a sus ojos deparaba.

Puñados de tierra sobre su cuerpo se estrellaban, sumergiéndole en el suelo.

 

No hubo más noches que disfrutar, ni más días para beber.

Aquel fue el final de un hombre audaz, que quiso subestimar el poder del más allá.

No hay perdón si no hay respeto, debemos de aprender.

Pues quien importuna el sueño eterno, al mismo condenado ha de quedar.


The Chapter Hunter

 

 

 

miércoles, 22 de julio de 2020

La Habitación de los Guijarros


Contaba con tan solo once años cuando me dieron la peor noticia de toda mi vida, aunque aún carecía de la adecuada madurez mental para ser consciente de ello.
Mi madre había fallecido en un accidente, cuando la bicicleta que todos los días la llevaba a abrir las puertas de su floristería en el centro de la ciudad, fue brutalmente embestida por el Range Rover Evoque de un conductor embriagado por los alevosos favores del alcohol y las drogas que, por supuesto, se dio a la fuga.
La mente de mi padre, apresada por la sombra del siniestro y fustigada por la imposibilidad de perdonar al asesino de su alma gemela, decidió que lo más sensato sería huir lo más lejos posible, olvidándose de aquella historia de amor con tan trágico final y del fruto de esta: yo mismo.

Fue pues mi abuela paterna el alma caritativa que decidió hacerse cargo de mí.
Crucé el umbral de la gran puerta de madera oscura de roble que coronaba la entrada de su enorme vivienda en la sierra. Los vivos colores de la vidriera que adornaba su centro, contrastaban con el color negro de la madera.
La casa estaba prácticamente aislada, encontrándose a una hora del pueblo más cercano, limitando su compañía a la naturaleza salvaje y amparada por la bóveda celeste.
Mi abuela era alegre, divertida y simpática. Yo, en contraste, era tímido, callado y bastante introvertido. La muerte de mi madre me sumió en un extraño sueño macabro que me acompañaba tanto de día como de noche, y la sensación de irrealidad se convirtió en una sombra que me acompañaba al despertar y parecía darme una tregua al irme a dormir. 
Al día siguiente de mi llegada a la casa, mi abuela me pidió amablemente que le ayudara a limpiar la piscina, alegando que se aproximaba la época estival, pretendiendo de esta manera distraer mi mente y ayudar a volver a mi alma de niño, que parecía haberse reducido a cenizas.
Aquella primera semana transcurrió a modo de adaptación a mi nuevo hogar. Adecentamos la piscina, ayudé a mi abuela a cocinar y limpiar, leímos algunos capítulos de “Los Cinco y el Tesoro de la Isla”, vimos películas, comimos palomitas y bajamos al pueblo a hacer la compra. Realmente, era feliz con ella y ella conmigo, pues cada una de sus palabras estaba envuelta por una embriagadora aura de cariño. Estábamos construyendo los cimientos de una pequeña pero feliz familia.
La segunda semana, me regaló un balón de fútbol y decidí salir al exterior a jugar un rato con él.
Bordeaba la casa, absorto en el movimiento de mis pies mientras la pelota pasaba de un pie a otro, cuando vi la puerta.
Ubicada en la fachada posterior, la habían pintado del mismo color que la pared, lo cual dificultaba su visibilidad a simple vista.
Por supuesto, mi curiosidad me arrastró como un imán hasta allí y levanté el pequeño cerrojo que la mantenía sellada. Unas escaleras descendentes me dieron la bienvenida al abrir la puerta. Me asomé, tratando de vislumbrar algo entre la oscuridad que incrementaba cuanto más abajo tratase de llevar mi vista. Busqué un interruptor que no tardé en encontrar y un “click” encendió una bombilla que pendía hacia la mitad de las escaleras.
Comencé a bajar lentamente. Los escalones crujían a cada paso que daba, como si clamasen quejumbrosamente dándome un non-grato recibimiento. Pero aquel tétrico sonido de la crujiente madera no achantó mi insaciable curiosidad por averiguar qué había bajo el suelo de la casa de mi abuela, al final de aquel curioso pasadizo desnivelado. Me sentía como el héroe que se adentra en una peligrosa cueva, en busca de un tesoro escondido por algún pirata cojo y barbudo.
Al llegar abajo, pude comprobar que continuaba un pasillo donde había varias cajas apiladas a la derecha, mientras que, a la izquierda, solo se vislumbraba una puerta de metal. Eché un vistazo a las cajas y vi que solo contenían latas y botes de conservas, sacos de harina y maíz, y alguna que otra botella de vino.
Mi decepción entró en escena al comprobar que no había nada de interesante en aquel sótano oculto. Y entonces fijé mi mirada en aquella puerta. Me aproximé y agarré el tirador, sin embargo, cuando traté de abrirlo me fue imposible, pues estaba totalmente cerrada por fuera con llave. Golpeé la puerta con el puño un par de veces y solo el eco me respondió.
La inminente pregunta de por qué la abuela habría tomado tantas precauciones con la seguridad de esa habitación asaltó mi mente, por supuesto, sin embargo, el raciocinio que se puede tener a los once años me devolvió a la realidad. “Más comida”, pensé recordando que la abuela solo bajaba a comprar de vez en cuando y era mucha la cantidad que almacenaba para evitarse viajes innecesarios.
Posiblemente la cerraría con llave para protegerla en caso de ladrones o incluso animales.
Decidí salir de allí y buscar a mi abuela para aclarar aquella duda. Ya había colocado mi pie derecho sobre el primer escalón cuando un chirrido me sobresaltó. Sonaba como si alguien o algo hubiese arrastrado un mueble tras aquella puerta, dentro de la habitación. Me quedé inmóvil al pie de las escaleras, sin darme la vuelta. Esperé unas milésimas de segundo a que se repitiera un ruido semejante, pero no ocurrió. Giré entonces sobre mis talones y me acerqué sigilosamente a la puerta. Esperé. No escuchaba nada a parte del cantar de los pájaros en el exterior. Apoyé mi oreja izquierda contra la chapa. Nada. Miré hacia mis pies. Una tenue luz amarillenta se escurría bajo la puerta. Decidí agacharme y mirar por debajo. Acababa de apoyar la rodilla izquierda sobre el suelo cuando algo pequeño salió rodando de aquel cuarto, pasando bajo la puerta y colisionando con mi zapatilla. Sentí cómo se aceleraba el corazón en mi pecho mientras daba un salto hacia atrás, chocando contra las cajas. Miré, nunca sabré si por curiosidad o por instinto, hacia abajo para comprobar qué era lo que había rodado hasta mí.
Era un pequeño guijarro.
Corrí despavorido escaleras arriba.

Cuando le conté a mi abuela lo que había ocurrido en aquel extraño sótano descubierto por casualidad, me respondió con una sonora carcajada y achacó el perturbador suceso a las ratas o incluso a un hurón que se habría colado. Respecto al contenido de la habitación, no fueron muchos los detalles que me concedió, simplemente aseguró que era un trastero donde había antiguallas que pensaba vender a algún coleccionista por internet.
Me gusta cerrarla con llave argumentó, puesto que no me gustaría que me robasen lo que guardo dentro. Sé que algunos de esos muebles tienen valor.
A la mañana siguiente, un emergente espíritu aventurero que desconocía hasta entonces, me obligó a descender de nuevo por aquellas escaleras. Para mi sorpresa, me encontré con la puerta exterior tajantemente cerrada por fuera. Tiré de ella con todas mis fuerzas y forcé el pomo varias veces, pero no hubo éxito. Me di por vencido y decidí olvidarme de todo aquello dándome un baño en la piscina.
El mismo día, después de comer, ayudé a la abuela a recoger la mesa y subí a mi habitación a descansar un rato. Me quedé dormido y no sé qué hora era cuando un sonido en el exterior me despertó. Me asomé a la ventana y vi pasar a la abuela con un par de bolsas. La observé hasta que giró la esquina de la casa y entonces corrí hacia el fondo del pasillo, donde otra pequeña ventana ovalada daba justo al lugar por donde debería estar pasando ella en ese momento. Cuando me asomé, la vi parada justo debajo. Había dejado las bolsas en el suelo y estaba rebuscando algo en el bolsillo de su pantalón. Sacó una llave y la introdujo en la cerradura de la puerta camuflada que, aunque no podía verla desde mi posición, sabía que se hallaba justo bajo la ventana desde la que me encontraba, acechando como un buitre.
La cerradura cedió, la abuela abrió la puerta, cogió las bolsas y entró, cerrando tras de sí. Escuché el leve sonido del crujir de la vieja madera mientras descendía por aquellas escaleras, hasta que llegó un momento en que quedó camuflado por el ruido exterior.
No había realmente nada interesante en aquel gesto. Supuse que el contenido de las bolsas sería más comida para almacenar en las cajas, sin embargo, la incertidumbre se me enroscaba en torno al cuello como una víbora. Necesitaba abrir aquella puerta de metal.
Aquella noche, mientras la abuela dormía, me deslicé cual ninja hasta su cuarto e introduje mis finos dedos en los bolsillos del pantalón que había vestido aquel día, ahora inerte sobre la silla frente al tocador. ¡Ahí estaba la llave! Sin embargo, por más que busqué, no di con aquella que pudiese abrir la puerta de metal. Decidí cesar en mi búsqueda y abandonar la habitación, pues la abuela iba a despertar si continuaba allí haciendo ruido, rebuscando entre sus cosas.
Salí al exterior. El fresco aire nocturno de la montaña inundó mis pulmones. El canto de los grillos comprendía una perfecta composición melódica para aquel paisaje ante mis ojos. El viento mecía las ramas de los árboles con suavidad y, en lo alto, la luna llena me otorgaba la visibilidad suficiente como para caminar sin necesidad de usar una linterna. Era verano, pero la temperatura allí era lo sobradamente baja como para erizarme el vello de los brazos. Bordeé la casa dando grandes zancadas y llegué hasta la puerta. Introduje la llave en la cerradura y pude abrirla sin mayor dificultad.
Prefería no dar la luz por si la abuela se levantaba y la veía desde alguna ventana.
Descendí lentamente por las escaleras, tratando de hacer el mínimo ruido posible.
Ahí seguían las cajas apiladas a la derecha y la puerta de metal, cerrada a cal y canto.
Acerqué la cara a la puerta y pegué la oreja. Nada. Alcé el puño derecho y di tres suaves golpes al metal. No hubo respuesta inmediata. Sin embargo, transcurridos unos segundos, algo se movió en el interior de la habitación.
Escuché claramente el sonido de los muelles de un somier y cómo alguien se incorporaba sobre el colchón y ponía los pies desnudos sobre el suelo de madera.        
Estaba claro que allí había alguien.
Esperé con la oreja aún sobre a la puerta. Quien estuviera al otro lado vaciló unos instantes, seguramente sentado sobre el colchón para, finalmente, levantarse y comenzar a avanzar arrastrando los pies hasta la puerta.
Me alejé un par de pasos. Me latía vertiginosamente el corazón.
Había alguien justo tras aquella puerta, a escasos centímetros de mí. Permanecía inmóvil, sin hacer ruido alguno, como si esperase a que yo diese el primer paso.
¿Hola? susurré con voz trémula.
Nadie respondió. Aquel ser seguía ahí, impasible. Sabía con total certeza que se mantenía tras la puerta, pues no le había oído desplazarse de nuevo. Decidí insistir.
¿Quién eres y qué haces ahí encerrado?
De nuevo, mi pregunta quedó en el aire. Avancé muy despacio hasta la puerta y volví a poner la oreja sobre el frío metal. Me concentré todo lo que pude, tratando de ignorar el sonido exterior de los grillos y el balanceo de las ramas de los árboles. No podía oír nada proveniente del otro lado hasta que, segundos después, algo activó mis sentidos.
Aire, saliendo y entrando. Alguien respiraba tras la puerta. Pero era una respiración anormal, como un jadeo. Se fue haciendo cada vez más audible, más intensa. Parecía que se estaba acercando al lugar donde tenía pegado mi rostro. Pude escuchar claramente aquella respiración al otro lado del metal, a la altura de mi oído, era muy intermitente. El sonido era muy similar al que emite un perro cuando olfatea ¿estaba tratando de olerme?
Entonces, un bronco gemido tras la puerta me amedrentó de tal manera que salté hacia atrás y quedé paralizado junto a las cajas. Me agaché y rodeé mis piernas con los brazos, llorando de miedo. Aquel o aquello que me acechaba tras la puerta y que parecía haberme identificado como un intruso por el olor de mi cuerpo, comenzó a emitir una sinfonía de aullidos agónicos, similares al llanto de alguien que estaba sufriendo una horrible tortura. Golpeó con fuerza la puerta varias veces con sendos puños. Mi corazón retumbaba a cada uno de esos porrazos contra el metal. Agarró la manivela y comenzó a moverla bruscamente, hacia arriba y hacia abajo, empujando la puerta con el peso de todo su cuerpo. Por suerte para mí, no cedió.
Yo continuaba petrificado en la misma posición, encogido sobre mí mismo, al amparo de las cajas. Las lágrimas rodaban por mis mejillas y sentí que se me humedecía el pantalón, justo en la entrepierna.
De alguna manera logré despertar de aquel trance esporádico que el terror había ocasionado en mi cerebro y me incorporé rápidamente, golpeando con el codo una de las cajas en el movimiento. Un saco cayó de lo alto de la pila de cajas, abriéndose y dejando fluir un montón de guijarros de su interior. Todo el suelo quedó cubierto de aquellas piedrecitas. Corrí escaleras arriba como alma que lleva el diablo, mientras aquello tras la puerta continuaba desgarrándose la garganta a cada alarido que daba.

No cesé mi carrera hasta que llegué a mi habitación, donde me metí en la cama llorando a moco tendido y temblando de miedo. Vi una luz encenderse en el pasillo, seguido por unos pasos ligeros que se dirigieron hacia las escaleras. La abuela bajó al piso de abajo. Probablemente habría oído aquellos espantosos gritos provenientes del sótano y se dirigía hacia allí.
Cerré los ojos y luché por caer en un sueño profundo del que no pudiese despertar hasta la mañana siguiente.

La abuela me despertó suavemente. Estaba nublado y apenas entraba luz por la ventana de mi habitación. Tardé unos segundos en reaccionar, recordando lo vivido aquella noche.
¡Abuela! exclamé, ¿quién hay ahí abajo?
Ella desvió la mirada hacia sus manos, que descansaban una sobre la otra en su regazo.
No te preocupes por eso, hijo contestó esbozando una pequeña sonrisa, no es nada de lo que debas preocuparte, pero será mejor que no vuelvas a acercarte.
Abuela, no digas eso. Sea lo que sea, debe ser peligroso. Me da miedo. Creo que, si anoche hubiera conseguido abrir la puerta, me habría hecho daño sin dudarlo
Las lágrimas afloraros en mis ojos. Recordar aquella aterradora jauría de alaridos y golpes en el metal me helaba la sangre.
No pasará nada si te mantienes alejado, de verdad insistió ella desesperada.
Abuela, ¡no puedo vivir aquí con eso bajo la casa! ¿Qué es? ¿Un animal salvaje o un lunático?
La mujer se llevó las manos a la boca y comenzó a sollozar.
Me temo dijo al fin que lo que hay abajo es ambas cosas, cielo.
Sentí que el corazón me daba un vuelco. No tenía palabras. Mi mente no tenía capacidad para plantearse una teoría lógica para justificar que la abuela encerrase un monstruo en el sótano
Ella se incorporó y fue a su habitación. Volvió enseguida con una carpeta roja en la mano. Se sentó a mi lado y la abrió, mostrándome una serie de papeles que guardaba en su interior.
Quien hay abajo comenzó, es mi hijo Gabriel, hermano mayor de tu padre.
La observé totalmente desconcertado.
Tiene un trastorno grave de esquizofrenia y bipolaridad. Hace diez años hubo un error. Siempre ha estado conmigo en casa, yo he cuidado de él desde que nació, pues su enfermedad le impide ser independiente. Tuve que marcharme a Madrid por cuestiones de trabajo y le dejé a cargo de una enfermera durante un par de días. Sin embargo, Gabriel es muy selectivo con las personas y no permite que cualquiera se le acerque Ella trató de darle su medicación y él la atacó comenzó a llorar desconsolada. Le introdujo los dedos en los ojos con tanta fuerza que se los sacó, le dejó las cuencas vacías Podría haberla matado. Ella huyó a tientas, gritando despavorida y los vecinos la socorrieron. Después de aquello, Gabriel fue condenado a pasar el resto de su vida en un centro psiquiátrico, pero yo me negué. No podía permitir que mi hijo acabase encerrado de por vida. Yo pensé que podría cuidar de él Y entonces alegué que había huido. Le escondí en casa de una buena amiga y cuando pasaron unos meses me mudé aquí, con él. Todos le creen desaparecido, incluido tu padre.
Yo temblaba. Sentía que formaba parte de una película de terror.
Ven conmigo. Si bajas junto a mí, no se asustará. No va a hacerte daño. Deja que te demuestre que nuestra vida puede seguir tan bien como hasta ahora. Él no nos molestará.
Se incorporó y tiró de mi mano. Yo, que en ese momento me sentía más un autómata que un humano, cedí. Me guio hasta abajo y cuando empecé a ser consciente de la realidad, ya estábamos junto a la puerta camuflada. 
¡Abuela! grité tirando hacia atrás.
¡Confía en mí! suplicó. ¡No te hará daño!
A pesar de estar aterrado, algo en mí, me incitaba a seguirla. Por fin vería esa habitación que tanto llamaba mi atención.
Y la seguí escaleras abajo.
Ella trataba de hacer el menor ruido posible y yo la imité. Nos situamos frente a la puerta de metal. Yo me escondí tras mi abuela. Sacó una cadena que tenía colgada del cuello y que ocultaba tras la ropa, de la que pendía la llave. La introdujo en la cerradura y la giró.
Presionó lentamente la manivela hacia abajo y la puerta comenzó a abrirse ante mí. Algo chocó contra el borde inferior de esta y chirrió un poco. Enseguida me di cuenta de lo que era. Todo el suelo estaba salpicado de guijarros, pequeños y blancos. La habitación estaba en penumbra, tan solo una pequeña lamparita alumbraba la estancia. Un olor pestilente me dio de lleno en la nariz.
No había más mobiliario que una cama en la esquina, una mesita donde reposaba la lámpara y un orinal, todo metido entre cuatro paredes blancas y acolchadas.
Y, sobre la cama, permanecía sentado aquel individuo. Vestía un pijama verde y estaba totalmente absorto en algo que tenía en las manos. La abuela se acercó y yo me quedé en la puerta.
Ella le puso una mano en el hombro y él reaccionó súbitamente, soltando lo que estaba manipulando. Entonces vi que lo que acababa de precipitarse de sus manos eran más guijarros.
Es su mayor entretenimiento explicó la abuela como si hubiera leído mis pensamientos, yo se los traigo del río. Los cuenta una y otra vez
Entonces fue cuando ella le habló de mí.
Ese niño es Juan José es muy bueno y es tu sobrino
Y él giró bruscamente la cabeza, clavando en mí su mirada enajenada. Sus ojos eran desproporcionadamente grandes, y tan prominentes que parecían estar a punto de salirse de las cuencas. Su rostro, surcado por unas remarcadas arrugas, era fino, de pómulos salientes. Tenía la nariz aguileña y una horrible boca de amarillentos dientes deformados. Se levantó, sin apartar esa terrible mirada de mí. Era delgado, hasta el extremo de rozar la anorexia. Comenzó a avanzar hacia mi posición. Yo retrocedí. La abuela le puso la mano en el hombro tratando de detenerlo.
Ten cuidado, Gabriel, es muy pequeño. ¡No le asustes!
La mirada de aquel enfermo parecía encenderse a cada paso que daba hacia mí. Una extraña sombra de furia cruzó su rostro. Iba a matarme, pensé.
La abuela se asustó y se puso rápidamente delante de él.
¡NO! gritó.
Y entonces fue cuando ocurrió.
La agarró por el cuello con tanta fuerza que perdió el conocimiento y cayó al suelo. Él cogió la lámpara y comenzó a golpearla en la cabeza. Una, dos, tres, cuatro, cinco veces. La sangre salpicó las pareces blancas. Vi su cráneo destrozado y sus vísceras sobre el suelo.
Y yo, llorando y casi convulsionando, agarré la puerta y la cerré, dejando dentro aquella terrible escena. No tenía la llave, así que solo corrí escaleras arriba y cerré también aquella. Corrí dentro de la casa y busqué el teléfono de la abuela. Me escondí en el cuarto de baño, pues era la única habitación con pestillo, y marqué el número de la policía.
Me comunicaron que venían desde el pueblo, a una hora de camino, y tratarían de tardar lo menos posible.
Aquella hora fue la peor de toda mi vida, la más larga.
Escuché pasos subiendo torpemente por la escalera. Era él. Me estaba buscando.
Recé todas las oraciones que conocía. Me tapé los oídos, agazapado entre el retrete y la bañera, tratando de acompasar mi respiración para hacer el menor ruido posible.
Llegó hasta la puerta del baño. Veía su sombra por debajo. Trató de girar el pomo.
Escuchaba su ronco jadeo al otro lado. Comencé a llorar. Me faltaba el aire.
Nuevas pisadas se escucharon abajo. Subieron por las escaleras a toda prisa.
¡Oiga! gritó una voz masculina. ¡Dese la vuelta y levante las manos!
Pero el individuo no parecía escuchar. Seguía empeñado en abrir la puerta tras la que me escondía.
¡Oiga! insistió otra voz femenina.
Escuché los pasos aproximándose. Uno de los policías se había acercado a él y supuse que lo había intentado agarrar porque aquel descerebrado comenzó a gritar como loco y hubo un gran forcejeo fuera. El policía soltó un grito desgarrador.
¡Dispara! le gritó a su compañera entre gemidos, ¡MATA A ESTE CABRÓN!
Y un fuerte disparó me ensordeció.

El que había sido mi tío murió aquel día de un disparo en la cabeza. El policía que gritaba había perdido una oreja, pues se la había arrancado de un mordisco. Me sacaron de allí y aquella horrible pesadilla acabó.
Mi padre regresó a por mí al enterarse de lo ocurrido.
Sin embargo, aún hoy, treinta años después, continúo acudiendo semanalmente a un psiquiatra pues no ceso de ver, en mis peores pesadillas, aquellos guijarros blancos de esa condenada habitación.